Vas al mercado. Te raptan millones de colores, olores, sensaciones… Un sitio entrañable y donde convergen muchos puntos de una sociedad. Allí va gente de diario, gente de una vez a la semana y, como no, extraños sujetos que se lanzan a una aventura -de compra- para la que no están preparados.
Caso real (véase un artículo anterior para conocer la procedencia del sujeto y los motivos por los que protagoniza, una vez más, una etapa de nuestro viaje).– Monólogo interior del protagonista: Bien. Veámos lo que este lindo pueblo nos ofrece en su mercado central. Tendré que llevar cuidado con los autóctonos de la aldea no fuera caso que pretendiera timar/estafar a nuestra merced, que proviene de la más noble villa del reino. A ver, en primer lugar necesito un kilogramo de manzanas. Le haré el pedido a esta noble anciana, que, por anciana, debe tener más presentes los valores de nuestra occidental sociedad. Ajá, que me busque bien las que estén mejor… || Monólog exterior del protagonista: ¡Pero oiga! ¿Cómo se atreve a hacerme eso? Tendrá usted poca vergüenza… Mira que darme la fruta de las cajas de ahí debajo… ¡Claro! Me da las que peor están que tiene usted por ahí dentro en vez de darme estas de aquí fuera que serán las mejores…
N del T (nota del transcriptor): para todos aquellos que no lo sepan, la mejor fruta de los mercados no se encuentra a la vista y al alcance del comprador. La que llamamos “de debajo de la cama”, es decir, la que se encuentra en las cajas ubicadas dentro del puesto y debajo de los mostradores, es aquella a la que sólo tiene acceso el vendedor y es la que tiene mayor calidad de todo el puesto. Efectivament, por norma general, se reserva para los clientes más fieles. Quien sabe si la ignorancia o la posición “a la defensiva” del comprador extranjero le hicieron caer en un error absurdo.

