En este año 2007, València se enfrenta a uno de sus mayores retos como ciudad: ser sede de la trigésimo segunda copa del América. Y en este hecho, nuevamente, se nos vuelve a aparecer la idea de que València, como hermana pequeña acomplejada, consigue seguir la estela de Barcelona. Con todo, a pesar de la diferencia entre ambos eventos, València ya se da por satisfecha en verse proyectada al mundo.

Para ello se ha dispuesto de una organización brutal. No solo consistente en la propia remodelación del puerto, sino en la postura que adopta València consigo misma. El puerto, antes más olvidado, genera ahora un núcleo de atención al que muchos, por curiosidad, o por lo que sea, se sienten atraídos. Como punto de partida al proyecto de “abrir València al mar” nadie puede dudar que ha sido una jugada estupenda.

A pesar de todo el revuelo organizado, si exceptuamos la zona metropolitana de la capital del Turia, el resto de la comunidad ha vivido ajeno a este espectáculo. Efectivamente, el ambiente y la expectación que se respira en otros puntos no son comparables, en ningún caso, a la sensación que se vive en la ciudad. La intención de algún equipo, como el Areva, de establecer su base en otro puerto diferente (Gandia), no ha hecho más que provocar malestar político entre los dirigentes de València.
Según el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), desde 2004, momento de inicio de las pre-regatas, hasta 2007, año de la final, la Copa del América supondrá un impacto para la comunidad de 2.528’6 millones de euros. Lo que, en datos aportados por el President de la Generalitat, Francisco Camps, supone una repercusión acumulada del 2’84% del PIB y el 3’55% del empleo. En total, un millón de turistas que situarán a València en el mapa mundial y que la revalorizarán como punto de interés turístico internacional.
Los medios de comunicación han aprovechado el tirón del acontecimiento y no han dudado en llenar páginas, horas de radio y de televisión hablando sobre el evento. El principal motor y quien más ha seguido y ha utilizado esta competición ha sido RTVV. Por un lado, en el segundo canal, Punt 2, se ha hecho un seguimiento pormenorizado de cada una de las actividades y los directos des del puerto han sido numerosos. Por otro lado, la primera cadena, Canal 9, ha emitido diversos programas al respecto y ha trasladado su oferta informativa al puerto cuando allí ha estado la noticia. A nivel deportivo, cuasi anecdótico, la segunda cadena de RTVE también ha ofrecido algunas de las regatas. En el resto de cadenas, ni siquiera se hace un seguimiento de la competición deportiva.
Por su parte, la ciudadanía vive un tanto ajena a este hecho. Lógicamente, sufren en sus carnes (o disfrutan) todos los actos y actuaciones que se han tenido que llevar a cabo. La Copa del América se vive más como un espectáculo que como otra cosa. Nadie, apenas, se plantea la cuestión competitiva deportiva sino que se presta más atención a toda la parafernalia montada a su alrededor. Los valencianos, un pueblo acostumbrado a la fiesta y muchas veces carente de autoestima, llevan con un cierto orgullo este hecho. Son como una especie de “falles” fuera de temporada y que les hace sentirse alguien en el mundo. Es obvio que, muchos de ellos, estarán disfrutando de las mejoras en los servicios de transporte (línea 5 de Metrovalencia, mayor frecuencia de conexión de autobuses al puerto) y de algunas actividades (conciertos, pasacalles) que se realizan con motivo de la competición de vela. A un pueblo como este, fallero y lanzado a la calle, no le desagrada vivir sabiéndose organizador de una fiesta como esta. Y las que pudieran llegar.
Hasta hoy, a las puertas de la final de la copa, toda la competición se ha desarrollado con normalidad y éxito. La llegada de la embarcación del Desafío español 2007 a las semifinales dio motivaciones, aún mayores, al seguimiento del evento. En un momento en que se barajan las posibilidades de repetir este acto en un par de años, la sociedad valenciana debe hacer un alto y replantearse, reflexionando, qué es lo que más le conviene.
No podemos negar los datos de beneficio económico que están encima de la mesa. Ni tampoco los de creación de empleo. Ahora bien, no podemos olvidar los 310 millones de euros que nos ha costado a todos acoger esta competición. En el fondo de la cuestión está el hecho de que esta actividad sólo sirve para divertir y entretener a un estrato muy breve de la población. Por mucho interés que haya en la población, bien pocos podrán ir en yate a ver las carreras, muchos menos podrán codearse con los que llevan todo el asunto y nadie podrá ir a ninguna de las selectas fiestas que se siguen en la ciudad. Estamos hablando de una actividad de elites y de algo que, sobretodo, gira entorno a la publicidad y al mundo de los negocios.
Esos 310 millones –seguro que alguno más también– podrían haber tenido otros fines. Nos dicen que el turismo traerá riqueza a València. Y podría ser. Pero ese dinero no construirá escuelas, ni hará mejores hospitales, ni reducirá listas de esperas, ni hará del Cabanyal un barrio mejor. València, últimamente, solo sabe jugar a ser una ciudad cara a fuera. A organizar faustos y enormes boatos de gente extranjera. A subirse la autoestima. Desgraciadamente, por el camino, se está olvidando de todo lo que tiene dentro. Y a quien no sirve nada de todo eso.