La capital de la Foia de Bunyol (la Hoya de Buñol) disfrutaba este sábado de una de las maravillas musicales. El mano a mano de Bunyol es una cita ineludible para todo amante de la música de banda (y de la música en general) y, por supuesto, un viaje que tiene que hacer una persona una vez en la vida.
Asistir a este concierto significa mirar al cielo. Es decir, ir a un auditorio espectacular (buen aprovechamiento de una montaña) y, desde allí, sentado, observar lo pequeños que somos y lo insignificantes que somos cuando nos comparamos con aquellas dos brutalidades bandísticas. Además, todo aquello en el contexto de un pueblo de 10.000 habitantes que, solo con las dos bandas grandes (sin contar educandos ni bandas juveniles), ya estaremos hablando de cerca de 340 músicos. Buena parte de ellos profesores de conservatorios superiores, primeros atriles de grandes orquestas o directores habituales de otras tantas agrupaciones.
El pueblo, por si fuera poco, se viste de gala. De rivalidad eterna y de un -cada vez más moderado- enfrentamiento más que musical. El litro y los feos (les nombro en el orden del mano a mano de este año) arrastran a toda una ciudad que, desde su lado de la gloria y desde sus sedes dispuestas a 50 metros la una de la otra, acoge a todo curioso que quiera ver qué entienden por “banda” en un pueblo que, a pesar de la monarquía constitucional, sigue cantando -orgulloso- a la paz y la fe republicanas.
Todo ello abrumador. Sin palabras. Llamémosle el paraiso de la música de orquesta de viento. Una exageración musical, una barbaridad sonora y un por demás melódico. Y sin drogas ni fanatismos. Porque con 21 trompas (y pabellón al aire) uno se siente ya subir a los cielos.

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